o lo que creíamos saber sobre nosotros mismos
Ayer me enteré de que el tomate es una fruta.
Llevaba toda la vida convencida de que era una hortaliza. Sin fisuras, sin dudas. Una de esas certezas que no se cuestionan porque simplemente están ahí, formando parte del paisaje.
Y de repente, no.
Me quedé un momento parada con esa información. No es que cambie gran cosa en mi vida cotidiana —el tomate seguirá en la ensalada—, pero algo se movió.
Esa pequeña sacudida que aparece cuando descubres que algo que dabas por hecho no era como pensabas.
Y, claro, me puse a pensar.
¿Cuántas cosas sobre nosotros mismos tienen la misma solidez que mi convicción sobre el tomate?
¿Cuántas ideas llevamos tan integradas que ni siquiera las reconocemos como ideas, sino como hechos?
Yo soy así.
Esto no es para mí.
Siempre me ha costado esto.
Nunca he sido buena en aquello.
Son frases que a veces decimos casi sin escucharnos. Con la naturalidad de quien describe algo objetivo, inapelable.
Como quien dice que el tomate es una hortaliza.
Las creencias sobre uno mismo tienen esa particularidad: se instalan pronto, a menudo en la infancia, cuando todavía no tenemos herramientas para cuestionarlas.
Llegan de fuera —de lo que nos dijeron, de lo que interpretamos, de lo que vivimos— y con el tiempo se vuelven interiores.
Tan interiores que dejan de parecer creencias y empiezan a sentirse como verdades.
El problema no es haberlas adquirido. Eso es inevitable.
El problema es cuando siguen operando desde un lugar que ya no revisamos.
Cuando organizan lo que intentamos, lo que evitamos, lo que creemos que merecemos o de lo que nos sentimos capaces.
A veces algo pequeño —una conversación, una experiencia, una frase leída casi por casualidad— produce una fisura.
Ese momento de: espera, ¿y si esto no era tan así?
Es incómodo.
Descoloca.
Obliga a sostener durante un rato la incertidumbre de no saber del todo quién eres si no eres lo que creías.
Pero también puede ser el inicio de algo.
No hace falta una crisis para que una creencia se tambalee.
A veces basta con prestarle atención.
Con preguntarse de dónde viene eso que damos por cierto.
Con tener un espacio donde poder pensarlo sin prisa.
Yo, de momento, he aprendido que el tomate es una fruta.
Y que conviene revisar las certezas de vez en cuando —las botánicas y las otras.
A veces hay algo que pesa, aunque no sepamos bien cómo nombrarlo.
Si lo necesitas, puedes escribirme.