Sobre el diálogo interno y todo lo que nos decimos sin decirlo en voz alta
¿Te suena? ¿Tienes conversaciones imaginarias contigo o con otros?
A veces fantaseamos en la cabeza con lo que tendríamos que haberle dicho al jefe.
—Hoy te quedas tú a cerrar la facturación.
Y, en realidad, le has dicho que no hay problema.
Y ahí estás, echando horas que, además, los dos sabemos que no te van a pagar.
De camino a casa ya estás recreando en la cabeza ese no rotundo que no has podido verbalizar.
También hablamos con nosotros mismos.
Nos regañamos.
O nos animamos.
Hablamos en tercera persona.
O en primera.
Un no parar.
Y vienen las emociones.
Te cabreas contigo.
O con el jefe.
Incluso con ambos.
Y hablas con tu mascota, ya fallecida, pero hablas.
O con tus seres queridos.
A veces les echas la bronca por haberse muerto. Ya sabes que está prohibido morirse.
Otras te entristeces porque no van a conocer a tu primer hijo.
Y, en un giro de guion, tu cabeza se va a otro lugar, a lo que tienes marcado en la agenda.
Te anticipas.
Te piensas.
Y te vuelves a pensar.
Narras y el discurso no para.
Me encanta preparar la entrevista de trabajo.
Paso de ser brillante a «no me van a coger» en nanosegundos.
Y las emociones, ahí, golpeando, pellizcando, haciéndose hueco.
Porque nuestras conversaciones vienen con carga afectiva.
Y rellenan huecos.
O abren agujeros.
Si es que son lo peor y lo mejor.
Qué premios Nobel recitamos a veces.
¡Cuánto talento desperdiciado!
Porque hasta las personas que hablan poco tienen muchas palabras ahí arriba.
Escribe el jefe.
Que no he apagado el aire acondicionado.
Ahora sí que le voy a decir cuatro cosas, porque él vive a un minuto andando y yo a hora y media.
Mi yo —ego, consciente o inconsciente, porque no sé quién habla— me dice que le cante las cuarenta.
Mi superyó, o ese angelito bueno, me dice que el pobre no podrá ir.
Mi ello, o ese cacho del pastel psíquico tan travieso, me dice que vaya y encienda el resto.
Y aquí sigo sin saber si volver a ponerme los pantalones o decirle cuatro cositas.
Ya no son cuarenta.
Finalmente encuentro la solución.
Después de conversar con todas las capas que han ido presentándose, decido ir y ponerle el límite en persona.
¡Bien hecho!
Sí, pero no le he dicho nada y he apagado el aire acondicionado.
Al día siguiente, hasta me ha dado una palmadita muy paternalista en la espalda.
Me refería al aire acondicionado, no a ese no límite.
¿Por qué no te callas?
Ojalá inventar ese botón que apague la cabeza un rato.
He probado con la meditación, con el zumba, con el yoga, pero en algún momento parlotea.
A lo mejor, y digo solo a lo mejor, no se trata de callarlas.
Sino de aprender a vivir con ellas.
Porque son lo peor.
Y también lo mejor.