Personas esperando en una parada de autobús un día corriente

No tengo nada que contar

Sobre los días corrientes y esa sensación de que no pasa nada

Qué vida más aburrida.
Lo digo a veces cuando llego a casa.
Y mi marido, que ya me conoce, me mira sin entender muy bien de qué hablo.
Porque, si lo pienso, no me ha pasado nada.
Nada significativo o diferente, quiero decir.
No me he enamorado de nuevo.
No he cambiado de trabajo.
No me he hecho viral con el último carrusel.
No he descubierto el propósito de mi vida.
Ni me he comprado una autocaravana.
Ni he subido en globo.
Y, sin embargo, ha sido un día danés, con poco ruido.
He ido a terapia.
He visto varios pacientes.
He puesto lavadoras.
He comprado tomates. Sí, el tomate es una fruta.
He regado las plantas que pedían agua a gritos.
He leído unas cuantas páginas.
He visto el documental de Rafa Nadal.
He hablado con una amiga.
He llamado a mi madre.
He pensado en esa persona que ya no está y que me acompaña.
He preparado la comida.
He escrito este artículo.
Y se ha hecho de noche.
Entonces pienso: ¿qué es relevante?
Vivimos rodeados de historias extraordinarias.
Viajes a miles de kilómetros.
Cambios.
Proyectos.
Experiencias que merecen una foto, una publicación o, al menos, una buena historia que contar.
Y a veces parece que la vida real está en otro lugar.
Que ha de ser algo más grande.
O más emocionante.
O más importante.
Y mientras, seguimos con los martes sin épica.
Con el café de siempre.
Con los libros empezados.
Con la alegría pequeña.
Con la tristeza pesada.
Con las cosas que no salen en Instagram.
Y no sé si eso es una vida aburrida o una vida corriente.
Tampoco sé si hay mucha diferencia.
A veces digo que no tengo nada que contar.
Y, sin embargo, siempre hay algo que decir.
Quizá porque la vida no siempre hace ruido.
Quizá porque muchas cosas importantes suceden sin avisar.
O quizá porque la mayor parte de la vida ocurre precisamente aquí.
Mientras esperamos que ocurra algo extraordinario.

Si lo necesitas, puedes escribirme.