CERRADO POR VACACIONES

A veces el cuerpo llega antes. La cabeza tarda un poco más.

Hay una escena que se repite todos los veranos.

O casi todos.

Por fin.

Contesto el último correo.

O el último WhatsApp.

Envío la última factura.

Riego las plantas.

Bajo las persianas.

Ya puedo poner el cartel.

Cerrado por vacaciones.

Compruebo que no olvido nada.

El cargador.

El pasaporte.

La tarjeta de embarque.

El libro electrónico bien cargado.

O el depósito lleno si este año viajamos por carretera.

O nada de eso, porque no todo el mundo sale de viaje. Hay vacaciones que empiezan de otra forma.

Me tumbo.

Pongo una película.

O nada.

Desactivo las notificaciones.

Y, sin embargo, siento que no he llegado.

No hablo del destino. Hablo de otra cosa.

Porque las vacaciones no siempre empiezan cuando cerramos la puerta de casa, cuando llegamos al apartamento o cuando ponemos la toalla sobre la arena. El cuerpo llega primero. La cabeza tarda un poco más.

Seguimos pensando en lo que dejamos pendiente, en la conversación de ayer o en todo lo que nos espera cuando volvamos. Cambiamos de paisaje, pero no de ritmo.

Hay quien lo nota al cabo de unas horas. Hay quien necesita dos o tres días. Incluso una semana.

A la mañana siguiente.

Madrugo, sin alarma.

Me preparo un té.

Limpio las gafas.

Abro el libro.

Y, de pronto, me doy cuenta de que hace rato que no miro el reloj.

Sin importarme qué día es.

Sin sentir que debería estar haciendo otra cosa.

Entonces sí.

Ahí sé que he llegado de verdad.

¿Te pasa? Si lo necesitas, puedes escribirme.