YA NO TENGO TANTA PRISA

Sobre el tiempo, las renuncias y la extraña alegría de llegar más despacio.

He tenido mucha prisa.
Un temperamento ansioso ayuda, claro.
Prisa por crecer.

Por cumplir los dieciocho años. Nada cambió, aviso.
Por seguir formándome.
Por enamorarme.
Por leer muchos libros. Necesito demasiadas vidas para tantos libros.
Por trabajar.
Por llegar a no sé dónde.
Por entender.
Por resolver y reparar.
Por hacer.
Por salir de fiesta.
Por aprovechar.
Por no perder el tiempo.

Y no me arrepiento.

Era la edad.
La vida.
La energía.
La necesidad.
El deseo.
La pulsión.

Pero hace años que empecé a comprar tiempo para mí.
Tomar un té sin apenas mirar el reloj.
Leer unas páginas.
O muchas, porque he madrugado.
Ver una serie regular que me vacía la cabeza sin culpa.
Quedar con una amiga sin prisa por volver.
Tomarme un capuchino en una terraza.
No hacer nada «útil».

Y los lunes ya no me inquieta el interrogatorio.
¿No has salido?
¿No has ido al cine?
¿No has estado en ningún concierto de Bad Bunny?
¿No has visto ningún partido del Mundial?

Viajar fuera de temporada.
Y descubrir que no pasa nada.
Sigo teniendo proyectos.
Hay curiosidad. Eso ha cambiado poco con el tiempo.
Sigue existiendo el deseo.
La energía.
El empuje.
Y siempre hay libros.
Muchos.
Muchísimos.
Las ideas siguen apareciendo.
En la ducha.
En el metro.
Nada más levantarme.
O no aparecen.
Y entonces hay que salir a buscarlas.
Pero ya no siento que tenga que llegar antes.

Ni la primera.
Ni más lejos.
Ni mejor.
Ni siquiera más rápido.
Hace tiempo que me bajé del Citius, Altius, Fortius – Communiter.
No sé cuánto tiempo queda.
No sé si me lo planteo o simplemente es un ruido de fondo.
Ni quiero saberlo, de momento.
Pero sí sé que hay otra forma de habitar el tiempo.
Más despacio.
Más imperfecta.
Más mía.
Más presente.
Aceptando limitaciones.
Reestructurando escenarios.
Y, para mi sorpresa, también me gusta este momento.

Si lo necesitas, puedes escribirme.