Sobre los pequeños huecos del día y lo que ocurre cuando dejamos de llenarlos
Hay un gesto que repetimos decenas de veces al día.
Esperamos un ascensor.
Sacamos el móvil.
Hacemos cola para pagar.
Sacamos el móvil.
Llegamos cinco minutos antes a una cita.
Sacamos el móvil.
Esperamos que hierva el agua para la pasta.
Sacamos el móvil.
No buscamos nada en concreto.
Solo evitamos esos pequeños huecos entre una cosa y la siguiente.
Hace no tanto, esos espacios formaban parte del día.
Mirábamos por la ventana.
Observábamos a la gente.
Dábamos vueltas a una conversación.
Dejábamos que la cabeza fuera por libre.
O simplemente esperábamos.
El aburrimiento nunca ha tenido muy buena prensa.
Pero también tenía sus cosas.
En esos ratos aparecían ideas que no habías buscado. Recuerdos que llevaban tiempo esperando turno. Decisiones que necesitaban espacio para tomar forma.
La cabeza, cuando no tiene tarea, no se queda quieta.
Va sola.
Conecta cosas.
Divaga.
A veces llega a algún sitio interesante.
A veces no llega a ninguno.
Y también está bien.
Ahora esos minutos tienen dueño.
No se trata de demonizar el móvil.
Ni las redes sociales.
La pregunta es otra.
¿Qué ha pasado con esos pequeños intervalos entre una cosa y la siguiente?
¿Cuándo decidimos que todos tenían que estar ocupados?
Porque no todos los momentos sin actividad son iguales.
Hay tiempos que pesan, que duelen o que hablan de un malestar profundo. Esos necesitan ser escuchados y, a veces, acompañados.
Pero hay otros.
Los cinco minutos de una sala de espera.
Un trayecto corto.
Una visita al baño.
El tiempo que tarda en hacerse un café.
Esos pequeños intermedios en los que, aparentemente, no pasa nada.
Tal vez no sean un problema que haya que resolver.
No quiero abandonar el móvil.
Ni dejar de usar las redes.
No va de eso.
Me hago otra pregunta.
¿Seguimos siendo capaces de dejar algún pequeño espacio sin conquistar?
Yo también saco el móvil muchas veces.
Pero hay ratos en los que no lo hago.
La última vez que dejé uno de esos espacios en paz, acabé escribiendo este artículo.
No era el plan. Si lo necesitas, puedes escribirme.