Cuando el verano de los demás parece mejor que el nuestro
Hay una conversación que se repite cuando volvemos de vacaciones.
—¿Qué tal el verano?
Y empiezan a aparecer las respuestas.
Que si la playa.
Que si Islandia.
Que si el Camino de Santiago.
Que si un concierto inolvidable.
Que si la saga que por fin dio tiempo a leer.
Que si lo bien que ha venido desconectar.
Mientras escuchas, es fácil revisar el tuyo.
No porque el verano haya ido mal.
Sino porque, de pronto, parece que el de los demás ha sido mejor.
Has estado paseando, sin desnivel.
También te has tomado tu tiempo para desayunar, sin aceite de palma.
Has estado escribiendo, aunque lo haga mejor la IA.
Y durmiendo más, que para eso es verano.
Hasta has estado leyendo, pero ni una saga.
Ni has terminado ninguna serie.
Ni has ido a ningún sitio especial.
Ni has podido ver el eclipse.
Y sin embargo, el verano te pertenece.
No te ha transformado.
No te ha pasado nada extraordinario.
Pero te gusta cómo lo has habitado.
Como lo has vivido.
Puede que no sea el mejor verano para contar.
Pero es el que he podido tener.
Y ha sido suficiente.
El mío.