ESTOY BIEN, AUNQUE NO FELIZ

Sobre la vida corriente y la extraña obligación de sentirse bien todo el tiempo

Estoy bien.

Aunque no feliz.

Y decirlo en voz alta tiene algo de provocación.

No tengo perro.

Ni gato.

Pero sí dos potos.

Parece que estar bien se ha quedado pequeño.

Que siempre deberíamos aspirar a algo más.

Parece que pasar un día en Segovia ya no basta.

Hay que soñar con Bali.

La plenitud.

El entusiasmo.

La motivación.

La mejor versión.

El propósito.

La gratitud.

Y, por supuesto, estar siempre on fire.

Porque no basta con estar bien.

Hay que sentirse realizado.

Inspirado.

Productivo.

Entrenar.

Meditar.

Aprender italiano.

O chino.

Tomar matcha.

Y sonreír.

Y la verdad es que no siempre estoy ahí.

Hay días en los que estoy cansada.

Días normales.

Días grises.

Días azules.

Días en los que hago lo que tengo que hacer y poco más.

No estoy deprimida.

No tengo un trastorno de ansiedad.

No me pasa nada extraordinario.

No necesito reinventar mi vida.

Simplemente, no estoy especialmente feliz.

Ni triste.

Y no sé si eso es un problema.

Porque quizá hemos convertido la felicidad en una obligación.

Como si la vida fuera una sucesión de momentos extraordinarios.

Y cuando no aparecen, pensamos que algo estamos haciendo mal.

Pero yo no siempre quiero ser feliz.

Muchas veces quiero estar tranquila.

Dormir bien.

Leer un rato.

Ir al cine.

Que mi madre siga aquí.

Que la gente que quiero esté razonablemente bien.

Tomarme una Coca-Cola Zero fría de vez en cuando.

Y acostarme sabiendo que mañana será otro día.

No es euforia.

No es plenitud.

No es una foto para Instagram.

Y, sin embargo, me gusta mi vida.

No siempre me siento feliz.

Incluso las partes de mi vida que no me gustan.

Hay cosas que me preocupan.

Hay pérdidas.

Hay cansancio.

Hay contradicciones.

Y, aun así, me gusta mi vida.

Porque querer una vida no significa querer cada uno de sus días.

Si lo necesitas, puedes escribirme.