Sobre convivir, adaptarse y todo lo que se mueve cuando viajamos en grupo
Viajar con amigos también es convivir, elegir y adaptarse.
No es sólo conversar, reír y disfrutar.
También aparecen dificultades con lo más sencillo.
Con los horarios.
Con el cansancio.
Con los deseos.
Con lo que cada uno necesita y no siempre sabe pedir.
Llegas con ilusión al aeropuerto o arrancas el coche medio dormido, maldiciendo el madrugón, el tráfico o la maleta que no cierra. Las ganas no siempre pueden con todo.
Nos reunimos. Esta vez somos un grupo numeroso.
Y enseguida aparecen los roles.
El que propone.
El que impone.
El que pregunta continuamente.
La que observa.
El que dice que sí y luego hace otra cosa.
El que necesita parar.
El que quiere aprovechar hasta el último minuto.
El que no sabe ni el destino. Sí, hasta estas cosas se viven con amigos.
Prueba superada.
Vacaciones, paisajes, comidas nuevas, sitios diferentes.
Y otra vez aparecen los roles.
El que quiere seguir con la sobremesa.
La que necesita caminar sola un rato.
El que mira el móvil en la esquina.
El que pregunta dónde vamos ahora.
El que no quiere decidir nunca.
El que se enfada si no se toma un helado.
En la convivencia aparecen fricciones que no siempre se resuelven.
A veces el disparador es una frase:
“No hace falta pedir tanta comida.”
“Pues no voy.”
“Mejor lo haces tú que eres tan listo.”
Otras veces es el lenguaje corporal.
Esa cara al ver la cuenta.
Y aunque no vaya contigo, aunque pienses que es algo entre otros, el ambiente cambia.
No somos impermeables a los grupos que habitamos.
Llegas al final del día con una sensación rara.
Tu momento vital no coincide con el malestar ni con la tensión. Vienes de otro lado, transitas otros lugares.
Repasas las fotos. Te pones contenta porque algunas ya son tuyas, no son estampas turísticas.
Cotilleas con tu pareja sobre lo que está pasando.
Contrastáis informaciones. Dos viejas del visillo en la privacidad del dormitorio componiendo situaciones.
Intentas entender qué se ha movido exactamente.
O no. Porque no quieres intervenir, no quieres entender, no quieres justificar. Sólo deseas estar.
Y con la pereza e ilusión del nuevo día, te vuelves a sentar con ellos a desayunar.
Y miras con curiosidad, con cariño. Pones y quitas capas.
Porque también están las risas.
Las conversaciones inesperadas.
Los secretos visibles.
El policía que aparece para ponerte una multa y termina marchándose sin hacerlo.
Las estrellas.
Las confidencias.
Los abrazos.
El amanecer.
El cigarro furtivo en la terraza.
Los pipís preventivos.
Los “espera un momento”.
La sensación de estar compartiendo y viviendo algo juntos.
Los vínculos, por muy construidos que estén, también se tensan, se reajustan y se reorganizan cuando convivimos.
Aparece el cansancio por adaptarte siempre, por no liarla, porque no escale el malestar, porque no vaya a más.
Te trabajas en la parte trasera del coche mientras miras por la ventana.
Envías un WhatsApp a ese paciente que tienes que citar para la próxima semana.
Coqueteas con otras parcelas de tu vida mientras digieres lo que está pasando en esta.
Y aparece la necesidad de perderte un rato. Añoras y detestas el final del día, la vuelta a la normalidad, a la certeza, al lugar seguro que experimentas al entrar en casa.
Viajar con amigos es, a la vez, un deporte de riesgo y una forma extraña de intimidad.
A veces no es fácil entender todo lo que se mueve cuando compartimos tiempo, espacio y vida con otros.
Si lo necesitas, puedes escribirme.