Cómo empiezan algunas decisiones antes de que lo sepamos
Septiembre. empieza en agosto.
Si todavía es agosto.
Y sigo de vacaciones.
No empieza un día concreto.
Ni el día que vuelves al trabajo.
Ni siquiera durante el viaje de vuelta.
Muchas veces empieza antes.
Estás desayunando.
Lees un libro.
Sales a caminar.
O a correr.
O te tomas un helado.
O simplemente tienes más tiempo del habitual.
Y, sin saber muy bien por qué, aparece una idea.
«En septiembre tengo que…»
No hablo de la lista de tareas.
Que también.
Hablo de otra cosa.
«Últimamente no sé qué me pasa.»
«Tengo que cuidar más de mí.»
«No puedo seguir así.»
«Quiero cambiar de trabajo.»
«Tengo que llamar.»
O de algo que todavía ni siquiera tiene nombre.
«Quizá debería pedir ayuda.»
Aún no haces nada.
Pero la pregunta ya ha aparecido.
No siempre es urgente.
No siempre duele.
A veces es solo una sensación difícil de nombrar.
Algo que no termina de encajar.
Y que, sin embargo, insiste.
Te ronda.
Vuelve cuando quiere.
Cuando te descuidas.
En la ducha.
A veces te acompaña.
O se queda en un rincón.
Mientras tanto, tú sigues disfrutando del verano.
Después regresa la rutina.
Los madrugones.
El tráfico.
Los correos.
Las reuniones.
Y aquella idea, que parecía haberse quedado en agosto, aparece otra vez cuando encuentras un pequeño hueco.
Porque las decisiones importantes rara vez nacen de un día para otro.
Suelen pasar un tiempo haciéndose sitio.
A veces durante semanas.
O durante meses.
No todas consiguen abrirse paso.
Pero algunas sí.
Y quizá todo empezó una mañana cualquiera de agosto.
Si lo necesitas, puedes escribirme.