LOS AMIGOS TAMBIÉN CAMBIAN

Sobre las amistades que se transforman y los vínculos que encuentran otras formas

Los amigos también cambian.

Y nosotros con ellos.

Aunque durante años pensemos que algunas cosas van a permanecer exactamente igual.

Hay amistades que nacen en una etapa concreta.

En la universidad.

En el trabajo.

En el parque mientras los hijos juegan.

En una mudanza.

En un viaje.

Y durante un tiempo parecen imprescindibles.

Se comparten secretos.

Vacaciones.

Domingos.

Audios eternos.

Llantos.

Alegrías.

La sensación de que siempre estarán ahí.

Y quizá sea verdad.

Pero no siempre de la misma manera.

La vida se mueve.

Los trabajos cambian.

Las parejas aparecen y desaparecen.

Los hijos crecen.

Los padres envejecen.

La energía cambia.

Y las amistades también.

Hay personas con las que antes hablabas cada día y ahora celebras poder tomar un café dos veces al año.

Y, curiosamente, no duele.

Hay silencios largos que no son distancia.

Hay amistades que necesitan agenda.

Y otras que siguen viviendo en la improvisación.

Hay amigos que fueron imprescindibles.

Y siguen siendo importantes.

Sólo que de otra forma.

Y también hay relaciones que se van apagando.

Sin enfados.

Sin traiciones.

Sin grandes explicaciones.

Simplemente porque ya no compartimos el mismo momento.

Y eso también da pena.

Porque no todas las pérdidas vienen acompañadas de una ruptura.

A veces sólo aparece una nostalgia tranquila.

Y un agradecimiento.

Por lo vivido.

Por las risas.

Por aquella versión de nosotros mismos que compartimos.

Y mientras unas amistades cambian de lugar, otras llegan.

A veces inesperadamente.

Más despacio.

Con menos intensidad.

Con más verdad.

Porque quizá crecer también consiste en aceptar que las personas no siempre se quedan en el mismo sitio.

Y que querer mucho no siempre significa querer igual.


Si lo necesitas, puedes escribirme.