Dejar de pensar

No se trata de dejar de pensar, sino de aprender a relacionarte con lo que piensas. Reflexiones desde la consulta.

«Dejar de pensar.»

¿Cuántas veces te has dicho algo así?

¿Para qué dejar de pensar?

Es una pregunta que hago a mis pacientes…
y también me hago a mí misma.

Casi siempre la respuesta es parecida:

Para estar tranquilo.
Para calmarme.
Para no darle vueltas a lo mismo.

Pero, ¿es posible?

Prueba un momento.

Cierra los ojos.

E intenta no pensar.

¿Cuánto dura?

¿Qué pensamientos aparecen?

¿A cuáles te enganchas?

¿Y cuántos se quedan contigo horas, días… o más?

Cuando escribo «dejar de pensar» en Google aparecen millones de resultados.

Está claro que es algo que nos preocupa.

Porque cuando hablamos de dejar de pensar, en realidad hablamos de otra cosa:

de parar.

Y no siempre sabemos cómo hacerlo.

La mente tiene una función: pensar.

Generar contenido.
Relacionar ideas.
Anticipar.

El problema no es que pensemos.

El problema es cuando esos pensamientos se vuelven repetitivos, densos… y acaban dirigiendo nuestra vida.

Se repiten.
Una y otra vez.
Con pequeñas variaciones.
Y terminamos identificándonos con ellos.

Ahí es donde empieza el malestar.

Porque una cosa es tener pensamientos…

y otra muy distinta es vivir atrapados en ellos.

Y, sin embargo, entrenar la mente nos cuesta.

Si nos dicen que hagamos ejercicio para recuperar una rodilla, lo hacemos.

Pero parar, observar, entrenar el pensamiento…
eso ya es otra cosa.

No siempre se valora igual.

Decir que vas al gimnasio está bien visto.

Decir que vas al psicólogo… todavía genera reacciones.

Desde la sorpresa…
hasta el juicio.

Y, sin embargo, ambos implican cuidado.

Cuidado físico.
Y cuidado emocional.

Pensar también cansa.

Especialmente cuando se convierte en una cadena de preguntas sin fin:

¿Lo estaré haciendo bien?
¿Y si me equivoco?
¿Y si no llega?
¿Y si no soy suficiente?

Un no parar.

¿Te suena?

A veces proponemos dedicar un tiempo concreto al día a esos pensamientos.

Darles espacio.

Pero no siempre funciona para todo el mundo.

Quizá hay otras formas.

Aceptar que están ahí.
Observarlos sin engancharse tanto.
Entender de dónde vienen.

Y, poco a poco, cambiar la relación con ellos.

No se trata tanto de dejar de pensar…

como de no creer todo lo que pensamos.

Cuando empiezas a entender lo que te pasa, algo se ordena.

No necesariamente desaparece.

Pero cambia.

Saber también calma.

No siempre nos gusta lo que encontramos.

Pero comprenderse alivia.

Y abre espacio.

Por eso insisto tanto en pensar.

En entender.
En entenderte.
No en juzgarte.

Para eso ya hay suficientes voces fuera…
y dentro.

Si aun así necesitas algo concreto para empezar:

Muévete.
Camina.
Respira.
Detente unos minutos.
Cierra los ojos.

Lleva la atención a la respiración.

Y cuando la mente se vaya —porque se va a ir—

vuelve.

Sin enfado.
Sin exigencia.
Solo vuelve.

Entrenar la mente no es dejar de pensar.

Es aprender a relacionarte con lo que piensas.

Y, quizá, ahí aparece algo parecido a la calma.

Ahora paro.
Cierro los ojos.
Respiro.

Y dejo que la mente siga…

sin seguirla yo.

¿Y tú?

No se trata de dejar de pensar, sino de aprender a relacionarte con lo que piensas.
Si lo necesitas, puedes escribirme.

Contactar