Sobre el daño, la responsabilidad y los vínculos que queremos reparar
Hay conflictos que no son tuyos.
O eso crees.
Porque, de pronto, descubres que has hecho algo.
No sabes exactamente qué.
Pero lo sientes porque alguien está enfadado contigo.
Y a eso se añaden los efectos colaterales.
Estar cerca de alguien que sí forma parte del conflicto parece colocarte automáticamente en algún sitio.
Como si la cercanía fuera una posición.
Como si querer a alguien implicara compartir sus conflictos.
Como si los afectos vinieran con bandos incluidos.
Y entonces aparece una emoción poco prestigiosa, pero bastante humana:
Pereza.
Pereza de explicar.
Pereza de defenderte de algo que no sabes exactamente qué es.
Pereza de intentar reconstruir conversaciones, gestos o silencios buscando el momento en el que, aparentemente, hiciste algo.
También podría aparecer la necesidad de aclararlo.
Preguntar.
¿Qué he hecho?
Y escuchar la respuesta.
Porque que tú no sepas qué ha ocurrido no significa que no haya ocurrido nada.
Quizá dijiste algo que molestó.
Quizá hiciste algo que el otro interpretó de una manera que no habías previsto.
Quizá hay una conversación pendiente.
O quizá no.
El problema es que, mientras nadie diga qué ha pasado, solo puedes hacer hipótesis.
Y las hipótesis tienen una capacidad extraordinaria para llenar huecos.
A veces con culpa.
Otras con enfado.
Otras con esa revisión retrospectiva un poco absurda:
¿Sería por aquello?
¿Por lo otro?
¿Tendría que haber dicho algo?
¿No tendría que haberlo dicho?
Hasta que llega un momento en que también puedes decidir no seguir buscando.
Porque no todos los conflictos nos importan de la misma manera.
Hay personas con las que necesitas saber qué ha pasado.
Porque te importa el vínculo.
Porque no quieres perderlo.
Porque, aunque estés enfadada, dolida o convencida de que tienes razón, hay algo entre vosotros por lo que merece la pena sentarse, preguntar, escuchar y, si se puede, reparar.
Y hay otros vínculos que no necesitas conservar.
Eso no significa que te dé igual haber hecho daño.
Si alguien te dice:
Esto que hiciste me dolió.
Puedes escuchar.
Puedes darte cuenta de que te equivocaste.
Puedes pedir perdón.
Y, sobre todo, puedes intentar no volver a hacerlo.
Porque una disculpa que no modifica nada se queda bastante corta.
Pero una cosa es hacerse responsable del daño que uno haya podido causar y otra distinta querer reparar una relación.
No siempre van juntas.
Puedes lamentar sinceramente haber hecho daño y no querer recuperar el vínculo.
Puedes querer muchísimo a alguien y, precisamente por eso, estar dispuesta a atravesar una conversación incómoda para intentar conservarlo.
Y también puede ocurrir otra cosa:
que alguien esté enfadado contigo, tú no sepas por qué y tampoco tengas especial interés en recuperar esa relación.
Entonces, ¿qué se supone que tienes que reparar?
Porque para hacerse cargo de algo, primero hay que saber de qué.
Hay vínculos que merece la pena reparar.
Y otros que podemos dejar ir.
Sin necesidad de decidir quién ganó el conflicto.
Si lo necesitas, puedes escribirme.