La invalidación emocional también puede sonar a «no es para tanto».
La invalidación emocional no siempre nace del desprecio.
Hay frases que casi siempre nacen de una buena intención.
Quieren animarte.
O hacer que duela un poco menos.
«No es para tanto.»
«No le des tantas vueltas.»
«Ya verás cómo mañana lo ves de otra manera.»
«Hay gente que está mucho peor.»
«¿Otra vez con eso? Déjalo ya.»
O cuando alguien está de duelo.
«Está en un lugar mejor.»
«Si se ha ido es por algo.»
«Tú eres muy fuerte.»
«No estás sola.»
No solemos decirlas para hacer daño.
Las decimos porque queremos aliviar el sufrimiento del otro.
Y, sin embargo, a veces ocurre justo lo contrario.
Confundimos, sin querer, lo que el otro necesita.
Queremos que deje de sufrir cuanto antes.
«No es para tanto.»
Los niños escuchan esa frase desde muy pequeños.
Lloran porque se han caído.
Porque han perdido un juguete.
Porque mamá se ha ido a trabajar.
Y vuelven a escuchar:
«No es para tanto.»
¿Llueve y no podemos ir al parque?
«No es para tanto.»
¿No encuentras a tu muñeco Nico?
«No es para tanto, coge otro.»
¿Te ha dejado tu novia?
«No es para tanto, ya encontrarás a otra persona.»
Sin querer, les enseñamos algo.
Que ese malestar debería desaparecer cuanto antes.
Que habría que quitarle importancia.
Que sería mejor dejar de llorar cuanto antes.
O no llorar.
Y, sin darnos cuenta, esa frase empieza a encontrar un lugar dentro de nosotros:
que nada de lo que nos pase es para tanto.
Crecemos.
Cambian las situaciones.
Ya no lloramos porque se haya perdido un muñeco.
Lloramos por una ruptura.
Por una enfermedad.
Por un despido.
Por la muerte de alguien a quien queremos.
Pero las frases se parecen mucho.
Y un día dejan de venir de fuera.
Porque las hemos hecho nuestras.
«No debería estar así.»
«Hay gente mucho peor.»
«Estoy exagerando.»
«Se me pasará.»
Y quizá esa sea la parte más difícil.
No que los demás no entiendan nuestro dolor.
Sino acabar desconfiando del nuestro.