Decir “estoy triste” no siempre es fácil.
No tanto por uno mismo,
sino por lo que despierta alrededor.
Aparecen preguntas.
Consejos.
Preocupación.
Y, a veces, una palabra que llega demasiado rápido:
depresión.
Como si la tristeza, por sí sola, no pudiera existir.
Como si hubiera que hacer algo con ella cuanto antes.
Quitarla.
Corregirla.
Taparla.
Pero la tristeza no es un error.
No es algo que haya que eliminar.
Es una emoción.
Y, como todas, tiene una función.
Señala que algo ha cambiado.
Que algo se ha perdido.
Que algo necesita ser mirado.
El problema no es la tristeza.
Es el lugar que le damos.
Vivimos en una cultura donde estar bien se ha convertido casi en una obligación.
Donde la felicidad se muestra y se comparte,
y la tristeza se esconde.
Donde parar cuesta.
Y sentir, a veces, también.
Por eso, cuando aparece la tristeza, incomoda.
Propia y ajena.
Se interpreta como debilidad.
Como algo que hay que resolver rápido.
Pero estar triste no es lo mismo que estar deprimido.
No todo malestar es patológico.
No todo necesita tratamiento.
A veces, lo que necesita es tiempo.
Espacio.
Poder atravesarlo sin tener que salir de ahí demasiado pronto.
Porque hay cosas que solo se elaboran si se sienten.
Y lo que no se siente, no desaparece.
Se queda.
De otra manera.
La tristeza, cuando tiene lugar, se mueve.
Cuando no, se enquista.
Quizá no se trata de evitarla.
Sino de poder estar ahí el tiempo suficiente como para que algo se transforme.
Sin prisa.
Sin juicio.
Ser vulnerables no nos hace más débiles.
Nos hace más humanos.
Si lo necesitas, puedes escribirme.