Rosalía lleva meses en boca de todos. Su gira Lux Tour 2026 arrancó entre polémicas — críticas a su técnica de ballet, acusaciones de playback, una intoxicación alimentaria que la obligó a abandonar el escenario en Milán entre lágrimas. Llegó a Madrid recuperada, con Aitana entre el público y con la ciudad entregada desde el primer acorde. Una artista que experimenta sin pedir permiso, que canta en trece idiomas y que, quieras o no, te mete dentro.
Suertuda yo que pude asistir a uno de los conciertos de Rosalía. La muchachita del Malquerer ha crecido. Ha evolucionado como un Pokémon. Cómo canta, cómo baila, aunque los bailarines se enfaden con ella, qué bien le queda ese sujetador rosa y cómo consigue que me emocione, que se me salten las lágrimas. Y no me avergüenza nada.
¿Y tú, te lo permites?
¿Qué haces con las emociones no expresadas? ¿Dónde va lo que no se muestra, lo que no se dice?
Vas contenida al concierto, alérgica, un viernes de Semana Santa, y de repente una lágrima se hace fuerte, sortea todos los obstáculos y te barre la cara.
Tu hija te coge la mano. Miras a tu bebé de casi 25 años y tiras de recursos para no llorar. Pero, ¿qué pasa si lo haces?
Nada. Eso es — transitar la emoción, sentirla, vivirla, no pelearte con ella. La música puede generar y despertar sensaciones no previstas.
Recogí la lágrima, una de cada ojo. Apreté la mano de mi hija e internamente practiqué la gratitud.
Emocionarse debería ser obligatorio. No estar penalizado. Y no tiene que pedir permiso para presentarse. Son como los fantasmas — ¿avisan o te los encuentras?
Todos tenemos en nuestro trastero emocional, en esa rebotica que habita la psique, fantasmas. Hay que escucharlos, hay que sentarlos y tomar un té con ellos. A veces son ruidosos y cuesta hacerse con ellos, pero no son malos. Se pueden trabajar.
Aquí estoy si me necesitas.