Sobre los tiempos propios y los tiempos compartidos
Estoy preparada.
Maleta hecha.
Bañador dentro.
Neceser.
Cargadores.
Todo.
Hace dos horas.
—¿Nos vamos?
No.
Mi hija está en la ducha.
No ha hecho la maleta.
Y no encuentra el bañador.
La hora de salida, por cierto, la puso ella.
Respiro.
Profundamente.
Hay pocas cosas tan difíciles como respetar los tiempos de los demás cuando no se parecen a los nuestros.
El que necesita tres días para contestar un mensaje que tú responderías en tres minutos.
El que tarda meses en tomar una decisión que para ti está clarísima.
El que necesita hablar ahora.
El que necesita no hablar todavía.
El que ya ha pasado página cuando tú sigues intentando entender qué ocurrió.
El que todavía no puede pasarla cuando tú llevas tiempo esperando que lo haga.
Decimos mucho eso de «cada persona tiene sus tiempos».
Hasta que los tiempos de otra persona interfieren con los nuestros.
Entonces la teoría se complica bastante.
Porque una cosa es respetar el tiempo del otro y otra que ese tiempo no tenga consecuencias para ti.
Hay tiempos que son exclusivamente suyos.
El tiempo que alguien necesita para elaborar una pérdida.
Para decidir si quiere seguir en una relación.
Para entender algo que le ha pasado.
Para poder hablar de algo que todavía duele demasiado.
Ahí podemos acompañar.
Esperar.
Incluso desesperarnos un poco.
Pero no acelerar el proceso porque nosotros ya hayamos llegado a algún sitio.
Y luego están los tiempos compartidos.
Hemos quedado a las diez.
Tenemos que tomar una decisión juntos.
Necesito saber si vienes.
Esta conversación no puede aplazarse indefinidamente porque también afecta a mi vida.
Ahí el tiempo del otro deja de ser solamente suyo.
Y quizá por eso resulta tan difícil saber cuándo esperar y cuándo decir:
—Necesito que hablemos de esto.
Cuándo acompañar el ritmo de alguien y cuándo señalar que ese ritmo está teniendo consecuencias.
En terapia esto aparece constantemente.
A veces quien está sentado enfrente necesita semanas para llegar a un lugar que tú ya estás viendo.
Puedes intuir.
Preguntar.
Señalar algo suavemente.
Pero no puedes hacer el recorrido por él.
Llegar antes no sirve de mucho si el otro todavía no puede llegar.
Y fuera de la consulta tampoco.
Podemos querer que alguien entienda.
Que decida.
Que perdone.
Que deje una relación.
Que empiece otra.
Que supere.
Que pase página.
Preferiblemente para el martes.
Pero los procesos humanos tienen la mala costumbre de no ajustarse a nuestra agenda.
Quizá convivir con los tiempos de los demás tenga menos que ver con una paciencia infinita y más con distinguir qué tiempo pertenece al otro y qué tiempo estamos compartiendo.
Mientras escribo esto, sigo esperando.
Mi hija continúa en la ducha.
La maleta sigue sin hacer.
El bañador sigue en paradero desconocido.
Y yo estoy aprendiendo muchísimo sobre respetar los tiempos de los demás.
O eso intento.