Hay momentos en los que hablar de gratitud resulta casi imposible.
Y, sin embargo, es una palabra a la que volvemos una y otra vez.
«La gratitud no es sólo la mayor de las virtudes, sino la madre de todas las demás.»
Marco Tulio Cicerón, Pro Plancio.
La gratitud procede del latín gratitūdo, y significa «sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o se nos ha querido hacer, y a corresponder de alguna manera».
En este artículo quiero detenerme en la gratitud y compartir lo que puede aportar a nuestro bienestar emocional, especialmente en momentos de tristeza o malestar.
Esta semana, además, tiene un significado especial.
Una persona a la que quiero y admiro mucho está atravesando un momento difícil, y me ha parecido una forma de agradecer que haya podido poner palabras a lo que le pasa.
Cuando alguien comparte su vulnerabilidad, cuando se permite estar triste y lo muestra, no siempre es fácil recibirlo.
A veces no sabemos qué decir o cómo acompañar.
Y, sin embargo, ahí hay algo valioso.
Poder escuchar y sostener ese momento también es una forma de estar.
Una amiga, un amigo, un familiar, cuando te confía su pena, te está haciendo un regalo.
No siempre cómodo, pero sí importante.
La gratitud es uno de esos sentimientos que, cuando aparece, nos conecta con lo que tenemos.
Y, aunque sea por un momento, nos aleja de lo que nos falta.
Puede generar una sensación de calma y calidez, especialmente en momentos de ansiedad, tristeza o incertidumbre.
Ahora bien, no siempre es fácil acceder a ella.
Y no siempre es el momento.
Cuando alguien está atravesando dolor, hablar de gratitud puede incluso resultar lejano o difícil.
No se puede forzar, pero sí puede ir encontrando su lugar con el tiempo.
Nuestra salud física también puede verse favorecida cuando practicamos la gratitud.
Nos sentimos más saludables, prestamos más atención al autocuidado y mejora nuestra calidad de vida.
A nivel emocional, puede contribuir a una mayor estabilidad.
Reducir la tendencia a compararnos con los demás y aumentar la sensación de satisfacción con lo que ya hemos logrado.
También se ha relacionado con una mayor capacidad de resiliencia.
Y con niveles más bajos de ansiedad y síntomas depresivos cuando se practica de forma continuada.
Otro aspecto interesante es su relación con el descanso.
Llevar un diario de gratitud —dedicar unos minutos al día a escribir aquello que ha sido significativo o positivo— puede favorecer un sueño más reparador.
La gratitud, sin embargo, no es solo una palabra.
Decir «gracias» de forma automática no tiene el mismo efecto que cuando implica un reconocimiento real.
Tiene que ver con la conciencia.
Con la capacidad de valorar lo recibido.
Y con una cierta disposición interna.
El filósofo francés Comte-Sponville define la gratitud como «la más agradable de las virtudes y el más virtuoso de los placeres».
Y quizá tenga que ver con esto: con reconocer lo que recibimos, con poder alojarlo y darle un lugar.
También habla de la gratitud como «alegría a cambio de lo que nos han dado».
Tal vez ahí se juegue algo importante: en poder reconocer lo recibido sin negar lo que duele.
Porque la gratitud no elimina el malestar.
No sustituye la tristeza ni evita el dolor.
Pero, cuando aparece, puede convivir con ellos y abrir un pequeño espacio diferente.
Más allá de un sentimiento puntual, la gratitud puede entenderse como una actitud que se cultiva.
Una forma de empezar puede ser, sencillamente, detenerse y escribir.
Seguiremos hablando de la gratitud.
Gracias a C por permitirme acompañarla en un momento difícil.
Gracias a quienes hacéis de este espacio un lugar donde poder pensar lo que nos pasa.
Hay momentos en los que algo necesita ser pensado y acompañado.
Si lo necesitas, puedes escribirme.