A veces parece que tenemos que ser muchas cosas a la vez.
Multitasking, multitarea, multipropósito, multidisciplinar…
Demasiados «multi», ¿no?
¿Referido a nosotros?
¿Tenemos que ser todo eso?
No sé si te pasa:
estar pensando una cosa y diciendo otra.
O indicar una dirección a la derecha… mientras señalas a la izquierda.
Incluso deletrear «Hamburgo» y decir:
«H, con acento».
¿Te resuena?
Hay días en los que siento algo parecido a estar dividida.
Como si el cuerpo estuviera en un sitio…
y lo demás en otro.
Últimamente, con el calor, me pasa más.
El cuerpo en el sofá, en la silla, en la cama…
Y la parte que quiere hacer, avanzar, responder…
simplemente no llega.
Supongo que el cansancio, el ritmo o incluso lo que hemos vivido estos años tienen algo que ver.
Y en medio de todo eso aparece una idea muy instalada:
tenemos que poder con todo.
Hacer más.
Más rápido.
Mejor.
Y, si es posible, todo a la vez.
El multitasking se ha convertido en algo deseable.
Casi en una medida de eficacia.
Pero no siempre es así.
Porque cuando hacemos varias cosas a la vez, rara vez pensamos en la calidad de lo que hacemos.
Ni en el nivel de estrés que sostenemos.
Ni en la cantidad de errores que aparecen.
A veces funciona.
Sobre todo cuando estamos entrenados o en tareas concretas.
Pero sostener ese ritmo en el tiempo tiene un coste.
El cerebro no es realmente multitarea.
Puede pasar rápido de una cosa a otra, sí.
Pero necesita tiempo para cada proceso.
Y eso se nota.
Puedes ser muy rápida organizando algo que te gusta…
y mucho más lenta respondiendo correos sin parar.
Puedes resolver con agilidad una tarea puntual…
y agotarte cuando todo es urgente al mismo tiempo.
Cuando el multitasking se convierte en norma, algo empieza a resentirse.
Baja la eficacia.
Aumenta el estrés.
Aparece el cansancio.
Y a veces también el insomnio, la ansiedad o los dolores físicos.
No siempre podemos con todo.
Y reconocerlo no es fallar.
Es, en muchos casos, empezar a cuidarse.
Delegar, parar o simplemente no llegar a todo también forma parte del equilibrio.
Antes de que el cuerpo tenga que avisar más fuerte.
Por eso, quizá la pregunta no es si el multitasking es bueno o malo.
Sino cuándo
y a qué precio.
Habrá momentos en los que sea necesario.
Y otros en los que insistir en ese ritmo solo nos aleja de nosotros mismos.
A mí, estos días, me pasa justo eso.
Quiero hacer más…
pero el cuerpo no acompaña.
Así que paro.
Escribo este artículo que no estaba previsto.
Y aprovecho ese espacio para volver a sincronizarme.
Tal vez se trate de algo así:
distinguir entre lo urgente y lo importante.
Elegir dónde ponemos la energía.
Y cómo pasamos de una tarea a otra.
Y, cuando deletrees Hamburgo…
recordar que la H no lleva acento.
A veces el cuerpo nos pide que paremos antes de que tengamos que hacerlo.
Si lo necesitas, puedes escribirme.