NO TENGO GANAS DE QUEDAR

Sobre la culpa de decir que no y la necesidad de estar un rato con uno mismo

No tengo ganas de quedar.

Y no pasa nada.

O eso me digo.

Porque enseguida aparece la culpa.

Sí, esa culpa, siempre atenta, oculta detrás del seto, dispuesta a asaltarte.

Y llega con la sensación de que debería hacer un esfuerzo.

O de que hace mucho que no veo a esa persona.

Incluso de que siempre está proponiendo planes.

Y yo aquí, intentando quedarme porque no quiero quedar.

Y pienso que soy una niña caprichosa.

Que no me cuesta nada.

Total, una película de dos horas y media que no tengo ningún interés en ver.

O una cena para tomar ese sushi que no me gusta porque a otros les chifla.

Entonces se abre el turno de preguntas sin buscarlo.

¿Y si me voy a convertir en una aburrida?

¿No estaré triste si me estoy aislando?

¿Dejarán de avisarme si no salgo?

¿Y si se olvidan de mí?

Chiquita y regresiva, intentando tirar de un hilo enredado cuando todo podría ser más sencillo.

Cierro preguntas y busco excusas.

Aquí soy cinturón negro.

Mucho trabajo.

Mucho calor.

Necesito organizar cosas.

Tengo que hacer la compra.

Salgo muy tarde.

Y entro en modo: añado el adverbio muy a todo.

Estoy muy cansada.

Muy liada.

Muy agobiada.

Muy dispersa.

Muy rara.

Muy callada.

Muy en mí.

Y a veces es verdad.

Pero otras simplemente no me apetece, sin más narrativa.

Y decir eso parece más difícil de lo que debería.

Porque queremos a la gente.

Nos gusta compartir con nuestros amigos.

Está bien generar nuevos recuerdos.

Sumar experiencias.

Conocer sitios nuevos.

Nos alegramos cuando suena el teléfono y vemos en la pantalla quién nos llama.

O escuchamos el último audio tipo podcast de tu hermana demandante.

Disfrutamos de una conversación larga, de una cena, de unas risas.

Intentamos no olvidarnos del cumpleaños de Rita.

Pero también hay épocas en las que necesitamos otra cosa.

Silencio.

Más silencio.

Casa.

Sofá.

Un libro.

Una serie mala.

O buena.

El ventilador.

O mirar al techo.

No tener que decidir.

No tener que conversar.

No tener que ser especialmente interesante.

No estar atenta.

No querer sostener ni ser sostenida.

No querer hacer.

Sólo ser unas horas.

O un fin de semana.

Y eso no significa querer menos.

Ni haberse vuelto antisocial.

A veces significa simplemente parar.

O tener la cabeza llena.

O haber aprendido que no todos los huecos hay que llenarlos.

Antes inventaba excusas.

A veces, lo sigo haciendo.

Entre nosotras, cada vez menos.

Ahora ya consigo verbalizar:

«Hoy no me apetece.»

Y descubrir que el mundo no se para.

Ni yo tampoco.

Que los amigos siguen ahí.

Que la familia, también.

Que no todo se rompe porque un viernes me elija, con helado y sin culpa.

Y que querer a los demás no está reñido con procurarte ese tiempo que necesitas para estar un rato contigo.

Si lo necesitas, puedes escribirme.